Un día cualquiera parte 2

mujer confundida no sabe por donde limpiar

Continuemos con esta historia de una día cualquiera de una persona cualquiera, contada en la primera parte

Reconozco esa vocecilla que siempre está alerta para velar por mí, por mi bienestar y para recordarme que esta es mi vida y así la tengo que aceptar.  Me invade un sentimiento de tristeza seguido de un fuerte dolor de espalda que me hace sentir el cansancio. Menos mal que sólo faltan 10 minutos para terminar mi jornada!!!, bueno mi jornada fuera de casa porque ,ahora mi vocecilla me va a repasar las tareas que aún me quedan por hacer. Al llegar a casa tendré que hacer la cena, acostar a los niños, recoger, poner una colada, darme una ducha…, ¡Bufffff! mejor no lo pienso, que vida más dura y triste, siempre lo mismo, estoy muy cansada de este trabajo, de los gritos de mi encargado, de ser un número más sin valor ni respeto. Estoy dolorida tengo la espalda machacada de este trabajo siempre haciendo los mismos movimiento.

Regreso a casa

¡¡Ya estoy en casa!! ¿Dónde estáis, me pregunto? De repente veo el pasillo lleno de juguetes, la mesa con los platos sucios de la cena de los niños, el baño revuelto y lleno de agua de su ducha. Pero allí están los 3; el papá y los 2 niños, en el salón tumbados en el sofá viendo la tele. ¡Cómo es posible! ¿En serio?, me acerco a darles un beso y saludar; para mi sorpresa, es como si molestara; no despegan la vista de la tele, a nadie le interesa lo más mínimo cómo ha ido mi jornada, cómo estoy, si vengo cansada.

Bueno ya estoy acostumbrada a esto, es la rutina de cada día. ¡Venga niños! a dormir rápido que tengo muchas cosas que hacer y mirar,  ¡que hora es! Recojo el baño, preparo la cena para mi, porque por suerte hoy ya han cenado todos; me hago un hueco en la mesa de la cocina y me siento a cenar, por fin un momento de paz y sentada!!

De nuevo empieza a resonar esa vocecilla pesada, impertinente, que no me da tregua. “Venga date prisa, no te acomodes que tienes mucha faena antes de irte a la cama, y… mañana qué voy a hacer de comida. Tendré que salir a comprar, pues toda la mañana perdida”. De pronto me invade el miedo; me levando y voy a mirar el calendario y mis sospecha se confirma; ¡no puede ser! mañana llega el seguro del coche y no hay suficiente dinero en la cuenta para pagarlo. En ese momento siento que me tiemblan las piernas, ¡Dios mío siempre igual, dame un respiro! ¿qué voy a hacer? ¿cómo lo soluciono? A estas alturas, ya se me han quitado hasta las ganas de cenar y ahí, de sopetón, termina mi cena y mi rato de tranquilidad.

Con el miedo en el cuerpo, sin ganas de nada y sin ánimo, me pongo a terminar mis faenas que aún tengo pendientes. Tengo ganas de llorar, de gritar, de salir corriendo; pero allí sigo, sin descanso haciendo cosas y pensando cómo solucionar el problema de mañana. ¿De dónde saco el dinero?, pero si ya no queda tiempo; tendré que hablar otra vez con el director del banco y pedirle el favor de que me adelante el dinero. ¡Bufff, que vergüenza! Otra vez a pedir, por qué no habré nacido en una familia rica o me toca la lotería.

Un nuevo amanecer, y los problemas siguen allí

Tras una noche complicada, sin a penas dormir ni descansar, el sonido del despertador me recuerda que es hora de ponerse en marcha, además de que hoy va a ser un día complicado y duro. Tengo el estómago encogido, no me entra ni el desayuno. Después de hacer las tareas y llevar los niños al cole, llega el momento que he estado evitando desde que me he levantado; tengo que ir al banco y solucionar el problema. Mi mente es invadida por esos pensamientos tan negativos: pero es que no me lo van a permitir, cómo voy a pedir otra vez dinero adelantado, me va a decir que no. Por fin estoy frente a mi mayor reto de hoy. El señor de traje y corbata que me intimida y me hace sentir muy insignificante, me atiende y le cuento mi problema. Después de escucharme, con muy buenas palabras y muy adornado me dice que no es posible. De inmediato siento la desolación, y ¿ahora qué hago? Necesito pagar el seguro porque tengo que utilizar el coche para ir a trabajar.

Ya sabía yo que no iba a salir bien, cómo algo me va a salir bien a mí, ¡Dios mío qué he hecho para merecer esto! Llego a casa y aunque lo que quiero hacer es salir a respirar, olvidarme de tantos problemas, descansar y simplemente no hacer nada; mi vocecilla responsable me recuerda una vez más todo lo que tengo que hacer. Y como si fuera poco, debo hacerlo deprisa porque pronto llega la hora de ir al trabajo y seguir la misma rutina de cada día.

Mi día a día se repite sin ningún aliciente, sin nada a lo que pueda agarrarme para salir de esa apatía, de esa tristeza que me invade. Sin embargo, pienso que cómo puedo quejarme si tengo todo lo que cualquiera podría desear!!, dos niños preciosos, un marido que me quiere, una casa, un trabajo…, total los problemas que tenemos son los normales de cualquier familia de nuestra posición hoy en día. Todo el mundo tiene ese tipo de problemas y hay personas que están bastante peor, ¿de qué me quejo? Me rindo, no sé cómo voy a solucionar el problema del seguro ni nada, ya no tengo fuerzas, estoy cansada, que sea lo que tenga que ser porque no sé para donde tirar ya.

Mientras trabajo por casa tengo la radio puesta, me gusta mucho la música y siempre tengo la radio cuando hago las faenas de casa. Me centro en escuchar la música para olvidarme de la realidad que me rodea; mi ánimo se mejora y el miedo ha disminuido.

La frase de un anuncio llama mi atención sin saber por qué, no sé ni qué estaban anunciando. Solo he escuchado alto y claro la frase “permítete un respiro, por una vez haz lo que quieres hacer”. Mi sensación fue como el aire fresco cuando te da en la cara…

¡No te pierdas el final de esta historia!, es la realidad de una persona y seguramente muy similar a la realidad de muchos de vosotros.

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